Cuando dos personas están unidas por el destino, ni la vida, ni la muerte, ni las circunstancias, podrán separarlas. ¿Quién iba a decir que ese guapo tipo rico terminaría prendado de la fuente de todos los desastres que se sucederían en su vida justo después de conocerlo?
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Caminando por la acera en medio de una friolenta tarde, Alek pensaba en si lo que estaba a punto de hacer era o no lo correcto, en si debía deshacerse del pasado y seguir con su vida, o incluso si era bueno dejar de lado algunas cosas solo por su propio capricho.
Cruzó una calle, teniendo cuidado de no llevarse por el medio a nadie, porque iba rápido; sin embargo, justo cuando una fría brisa le pegó de frente, se detuvo en seco al notar algo y miró a un lado.
A su alrededor, la gente caminaba como si estuvieran llegando tarde a alguna parte: cláxones de autos, música de publicidad, gritos, habladurías… todo sumaba a la hora de aumentar el bullicio y, en medio de una plaza de adoquines colocados a modo de rompecabezas, rodeados de un jardín precioso y bien mantenido de arbustos siempre verdes, no pudo evitar fijar la vista en una escena particular: un hombre estaba agachado frente a un cadáver, el de un pobre pajarito.
Ahí estaba un varón rubio de aspecto curioso, no porque vistiera mal, para nada, de hecho era lo contrario, sino porque observaba el vuelo de los pájaros en la plaza central con mucho interés.
«¡Qué tipo tan raro!», pensó enseguida, de seguro lo mismo que pensaron otros que murmuraban al pasarle por el lado; sin embargo, antes de darse cuenta, como si fuese cuestión de magnetismo, sus pies lo llevaron hacia él.
Se detuvo a su lado sin decir ni una palabra, sorprendido consigo mismo por tal acto.
—¿No le parece que es triste cuando un ser vivo muere? —cuestionó el muchacho con voz grave pero delicada, sin mirarlo.
Alek arrugo la cara y frunció la boca, pensando que lo mejor era irse, porque según él ya era tarde, pero sus pies no se movieron.
«Este tipo es bien raro», masculló para sus adentros y apenas resopló.
—Sea lo que sea, pienso que todos tenemos un lugar en el mundo, que somos importantes para alguien, ya sabe.
El rubio volteó a verlo, y sus ojos se encontraron.
Los zafiros de Alek centellearon en curiosidad al encontrarse con unos preciosos jades ajenos, y enseguida tiró la vista a otra parte.
Tragó entero sin gran razón, sintiendo que este sujeto era como una brisa, un soplo de algo que no podía ser explicado con palabras. Respiró hondo, incluso sintiéndose incómodo, y su corazón comenzó a palpitar con fuerza.
«Demonios, ¡cálmate!», se dijo.
¿Cómo podía tener palpitaciones por un ser desconocido?
La fría brisa pareció en volverlos, y tanto sus ondulados cabellos rojizos, casi rosáceos, y los rubios ajenos, revolotearon de lado a lado sin control.
En ese momento, Alek sintió que el mundo se le venía encima en forma de un insano presentimiento, y abrió los ojos de par en par al ver la sonrisa ajena, pues ese semblante tan limpio le era extraño, pero atrayente, y al mismo tiempo le parecía lejano al mundo, como si no le importara.
¿Cómo podía pertenecer semejante expresión a un hombre adulto?
La explosión de sensaciones entró por sus pies y lo recorrió hasta la médula con un cosquilleo profundo. Se sentía profanado, era la mejor forma de decirlo, pero tampoco le parecía nada malo.
Espabiló; sacudió la cabeza y regresó a sus cinco sentidos.
—Lo más probable es que alguien en alguna parte del mundo lamente esta perdida incluso sin saberlo —comentó con cierta incomodidad, pero mostrándose todo lo calmo que pudo.
»¿No estás haciendo lo mismo ahora? —inquirió y ladeó la cabeza.
Normalmente era muy respetuoso, pero se sentía raro.
El rubio lo miró, y luego volvió la vista al pajarito, para negar con la cabeza.
—No… —murmuró apenas audible—. Yo solo observo y me lo guardo, es lo que hago, porque encariñarse con las cosas, de las personas o los animales, siempre lo complica todo.
Alek arrugó la cara, sin entender para nada lo que este tipo quería decir, y tuvo de nuevo la intención de marcharse, pero esta vez fue el muchacho quien se lo impidió cuando dijo:
—Por cierto, señor Extraño, ¿podría decirme la hora? —cuestionó, cambiando por completo su expresión, su tono y el aura que lo rodeaba.
»Mi celular se murió, y se supone que alguien estaría aquí para verme a las cuatro, pero siento que como que ya se ha tardado más de la cuenta.
El cambio dejó en blanco a Alek por unos segundos, y resopló.
Mientras lo veía estirarse, él se dio cuenta de que ese chico era más alto que él, quizás por más de once o doce centímetros, y de que no se abrigaba para nada bien considerando el frío que hacía, en contraste con él, que hasta bufanda tenía alrededor del cuello.
No obstante, alzó la zurda en busca de su reloj pulsera y anunció:
—Ya son casi las cinco…
La expresión del rostro ajeno degeneró en una mueca divertida, pero rara, como si le estuvieran jugando una mala broma, y exclamó de golpe:
—¡Maldita sea, lo sabía!
Alek se sobresaltó al escucharlo alzar la voz, y dio un paso al costado por reflejo.
El chico se removió su largo pelo y resopló con cierta frustración. Tomó su bolso, a un lado en el suelo, y volteó hacia él.
—Bueno, muchas gracias, señor Extraño —le dio una sonrisa y una leve reverencia—. Volveré a casa, ya que es demasiado tarde.
Dio media vuelta y se marchó en línea recta por la calle, sumergiéndose en un grupo nutrido de personas en medio del que, sin embargo, Alek lograba distinguirlo a la perfección.
Este se lo quedó viendo por unos segundos más, y luego sacudió la cabeza.
—Dios mío, Aleksander, ¿en qué demonios piensas?
Se regañó, dio un cuarto de vuelta y siguió su camino, sin poder creer que existían personas así en el mundo.
«¿Así cómo?», se preguntó sin poder evitarlo y, mientras aceleraba el paso, aunque no tanto como parecer desesperado, una tímida sonrisa pintó sus labios.
—Es como un espíritu libre —murmuró.
Su teléfono comenzó a sonar a medio camino, pero lo ignoró, porque sabía quién era, y no quería tener nada que ver con nadie por ahora.
Alek, o Prakash Aleksander Nikiforov, como lo llamaron sus padres al nacer, era el primogénito de su familia, y hoy se había escapado del trabajo y de sus obligaciones para solucionar un par de cosas por bajo cuerdas.
Necesitaba buscar aquello que, en estas semanas, cobraba más y más fuerza entre todo lo que le molestaba.
Moverse por la ciudad era fácil; él tenía una cita para las cinco treinta, y se alegró de haber llegado al restaurante acordado a tiempo. Se sentó en una de las mesas de la terraza y ordenó un té.
La persona a la que esperaba llegó apenas unos cinco minutos después; un hombre de cabellera entrecana y más bajo que él.
—Señor Yael, buenas tarde.
Al verlo, Alek dejó su bebida a un lado y se levantó.
—Muchas gracias por venir hoy, a pesar de todo el trabajo que tiene.
El varón recién llegado, de mediana edad, sonrió y le dio unas palmaditas en el hombro con ánimo.
—Muchacho, ¿de cuándo acá tan formal? No te preocupes por nada… hoy terminé de trabajar bien temprano, como ves —se sentó en la silla libre restante, y el otro lo siguió—. Además, para serte sincero, tenía muchas ganas de hablar del tema que me consultaste.
El menor asintió con la cabeza y centró su interés en la última frase.
Yael Boro era un periodista de sucesos muy conocido y con una amplia carrera en la investigación y cobertura de los crímenes más famosos en la historia reciente del país, y el hecho de que estuvieran aquí ahora era por una sencilla razón: sus padres estaban muertos.
Ellos, Denis y Sasha Nikiforov, fueron un matrimonio muy conocido en la élite del país, y en la alta sociedad mundial en general. Su padre fue un fotoperiodista que huyó de la guerra cuando niño, y su madre una heredera de propiedades y empresas famoso por su compromiso humanitario y trabajo duro.
Ninguno de los dos pasó mucho tiempo en casa con él y sus hermanos, pero igual los respetaba.
Hace algunos años, luego de desaparecer por dos días, la policía encontró sus cuerpos al costado de una carretera en un pueblo cercano al lugar en el que se hospedaban, y todavía no sabían quién lo había hecho.
Si antes, con veintidós, se sentía exasperado, ahora moría de ansiedad y ganas de acabar con esto de una buena vez.
Gastó mucho dinero, muchísimo de su herencia, para buscar una resolución, pero nada… nadie sabía nada.
—La muerte de tus padres nunca ha dejado de sorprenderme y parecerme extraña.
Yael entró de lleno al tema principal.
—Cuando supe que lo archivarían, pensé que era una lástima, porque al final ni siquiera sabemos bien qué fue lo que pasó.
—Es por eso que quería hablarle —murmuró bajo Alek, con la vista en su café—. Usé los servicios de un detective privado en los últimos dos años, pero… nada pasa, nada llega. Él no pudo encontrar nada más de lo que los demás me dijeron.
Resoplo frustrado.
—Es como si la verdad se hubiera hundido en arenas movedizas.
—Sé que estás frustrado por todo esto, muchacho.
Yael, que ordenó un café, se llevó la taza a la boca una vez se la trajeron.
—Has tenido que cuidar de tus hermanas y asegurar tu propia vida, lidiar con los medios y las habladurías, seguir siendo el líder de tu familia… de verdad respeto tu fortaleza, me gustaría que lo sepas.
Una tenue sonrisa pintó los labios de Alek, que no podía sino reconocer la labor que este hombre hizo en pro de una solución en el caso del asesinato de sus padres, aunque al final tampoco obtuvo nada.
Yael seguía apoyándolos incluso cuando los demás los dejaron de lado y se olvidaron, pero incluso un gran hombre e investigador como él fue sobrepasado por la naturaleza del crimen…
Todo le había salido tan bien al perpetrador, que daba miedo.
—Fue muy complicado, pero creo que tenemos el aprobado —murmuró el más joven.
—Bueno, sé que viniste hoy porque quieres saber qué novedades tengo para ti.
—En efecto.
Alek sonrió y asintió con la cabeza.
El mayor se mojó los labios y, acercándose a él, murmuró por lo bajo:
—Hay un rumor que corre entre los compañeros de la profesión, hace tiempo que lo escucho, pero nunca quise darle crédito.
El más joven se lo quedó viendo con curiosidad, pero decidió dejarlo seguir hablando a pesar de su misticismo.
—Resulta que dicen que hay un sujeto por ahí que es capaz de resolver cualquier caso que le llame la atención.
El muchacho arrugó la cara ante la aparente emoción ajena.
—¿Alguien así de verdad existe? Y… ¿qué quiere decir con «que le llame la atención»?
El periodista resopló y asintió con la cabeza.
—Para serte franco, nunca lo he visto, pero entre los colegas dicen que ha ayudado a resolver varias desapariciones, secuestros y asesinatos, todo lo que sea un acertijo terrible, siempre y cuando le llame la atención…
—Eso lo vuelve una persona muy voluble —destacó el más joven.
«Quizás es uno de esos tipos raros que sale en la TV», se dijo, perdiendo todas las esperanzas.
El mayor se encogió de hombros.
—Ni idea, porque no se sabe casi nada de él, y no conozco a nadie que lo haya visto en persona, pero… te lo digo porque tengo fuentes confiables, Aleksander… quizás sea un último recurso que no puedes ignorar.
El nombrado apretó los labios y miró su té con resignación. Todo lo que quería esa tarde se fue a la mierda ante un charlatán, así de simple.
Viéndolo desanimado, Yael se apresuró a decir:
—Mis colegas me dieron una dirección de correo electrónico a la que se le puede contactar.
—¿En serio?
El interés volvió al cuerpo del pelirrojo, que alzó la cabeza con intriga.
Yael se sonrió.
—Sí. Puedo hacer el primer contacto por ti, si te parece.
—Me gustaría hacerlo por mi cuenta.
El mayor negó enseguida.
—Según los compañeros de profesión, lo mejor es que el primer contacto lo haga alguien del medio, como si fuese parte de la profesión y, si él acepta, entonces si tendrás contacto directo con su persona.
Esa propuesta le hizo ruido al muchacho por todas partes, pero, llegados a este punto, ¿Qué otra opción tenía?
—Tal vez él pueda lograr lo que la policía no —destacó el periodista.
Alek agarró su taza de té y la bebió casi por completo, tragó y luego resopló fuerte. Aunque todo esto le pareciera una reverenda tontería, estaba tan ansioso de respuestas, y cansado por la espera, que no pudo evitar aferrarse a la ilusión.
Al final, tampoco era seguro que ese sujeto los ayudara.
—Tiene razón, señor Yael… —murmuró tras unos segundos—. Entonces, proceda, porque nada perdemos con intentar.
»Si recibe una respuesta, sea cual sea, avíseme, por favor.