La mascota del mafioso
"Él cree haberse enamorado de su jefe, un mafioso búlgaro que lo trata como un perro, pero no sabe lo que se esconde tras su verdadera identidad"
Tras años de ser el asistente personal del frío magnate y mafioso búlgaro, Nathaniel Belev, Alvin se encuentra en una disyuntiva entre la razón y el corazón. Ama profundamente a su jefe, pero sabe que su amor es prohibido, pues este está comprometido con Shannon, una poderosa heredera de la banca que se niega a soltarlo. Ella lo odia, y no temerá hacer lo que sea necesario para quitarse del camino al «estorbo» que le impide ser feliz con el amor de su vida. Sin embargo, cuando su jefe le asigna una nueva misión, encargarse de un hombre que los de arriba quieren desaparecer, poco imagina Alvin que eso marcará su fin, y le abrirá las puertas a un mar de secretos para saber quién es en realidad, y qué se esconde tras el misterio de Nathaniel Belev.
Prefacio: La mascota del mafioso
ALVIN Sus manos apretaban mis caderas con una decisión a la que ya estaba acostumbrado; sin embargo, la fuerza y las estocadas eran mucho más fuertes que de costumbre, y tuve que apretar los labios para no gritar. ¿Cómo demonios dejaría que todo el aeropuerto se enterara de que uno de sus residentes más ilustres tenía sexo en uno de los cuartos de espera con su asistente?. Contra la pared, me llevé una mano a la boca, pero enseguida una más fuerte me la arrancó. Él me sometió, apresando mis manos detrás de mi espalda y su cuerpo me cubrió. —Vamos, perrito, ladra… ¿Por qué no ladras? ¿Acaso temes que control animal venga y te lleve? Su voz se escurrió como un burdo cosquilleo contra mi oreja, y apenas separarse, el sonido de una nalgada llenó el cuarto, al compás de sus embestidas. Aseguro su agarre y liberó una de sus manos, que se escurrió por mi torso hasta el cuello y subió despacio. —¡¿De qué me sirve un perro que no ladra?! —protestó y, sin esperar nada, arremetió contra mi boca, metiendo tres dedos y obligándome a abrirla—. ¡Ladra, maldita sea! ¡No te dejaré ir hasta que lo hagas! ¡¿Cómo demonios iba a hacer algo si tenía sus malditos dedos metidos en mi boca?! Dejé escapar un sonido gutural y me removí para indicarle que dejara el jueguito, pero eso solo lo emocionó más. Sacó los dedos y los puso a la altura del cuello, apretando apenas para echarme hacia atrás. —Vamos, perrito… el avión aterrizará pronto. ¿No quieres que tu amo se corra dentro antes de que tu competencia llegue? Arrugué la cara sin poder evitarlo ante esa última mención, y la llama de la ira se encendió en mi interior. ¿Por qué la metía en esto? —¡Jódete! —espeté alto y lo escuché reír. —Hmm, eso, vamos, sé que puedes hacerlo mejor. ¡Enséñame de lo que eres capaz! Me soltó las manos y se acomodó para empezar a embestirme más profundo y veloz. Ah… este desgraciado… podía sentirlo en cada parte de mi cuerpo. Su erección, su aliento contra mi oreja, sus posesivas manos debajo de mi camisa, y el intenso deseo que me abrazaba como una enorme capa. Al final, como casi siempre, cerré los ojos y solo cedí ante el placer, ante sus caricias y esas palabras sucias que tanto me excitaban, y dejé escapar un gemido tras otro, atestiguando su gozo a los segundos. Estaba caliente, húmedo y latente, y me encantaba tenerlo dentro… por eso era su perro, por eso era su mascota, aunque mi particular dueño tenía unas exigencias bastante cuestionables en todos los sentidos. • • • —¿Por qué insistes en resistirte? Tu vida sería más fácil si solo hicieras lo que te ordeno y ya —espetó aquel hombre con voz grave mientras veía la hora en su reloj pulsera. —Estamos en una maldita terminal de pasajeros, ¿no crees que es un poco arriesgado hacerlo aquí? Mi voz resonó molesta mientras me arreglaba el saco tras salir de aquel cuartucho. Detrás de nosotros avanzaban dos fortachones, los guardaespaldas de mi jefe, con la vista puesta en todas partes y en cada una de las caras. Ellos sabían bien lo que había ocurrido en ese cuarto, pero era callar o morir. La elección resultaba sencilla. ¿Quién se atrevería a anunciarle al mundo que el gran Nathaniel Belev, jefe de la principal célula de los Ratniks, la mafia búlgara, en Estados Unidos, era fan de realizar prácticas sexuales con un hombre? Cualquiera que valorara su vida simplemente cerraría el pico y pasaría de largo. —Eres demasiado puritano, Alvin. ¿Cuándo dejarás de prestarle atención a los alrededores y a centrarte solo en mí? Es por eso que siempre te castigo… a veces eres tan inútil. Apreté los labios y solo lo seguí. Vinimos al aeropuerto para una tarea nada gratificante a fin de cuentas, así que decidí callar y pretender que estaba de acuerdo con todo lo que decía. Nos detuvimos junto a una salida privada, y no pasó mucho para que las puertas se abrieran. Lo primero que vi, a un lado y un paso atrás de mi jefe, fue a un tipo de color con traje negro y mala cara que caminaba como si quisiera matar a todo el mundo con sus pies, y un poco más atrás venía ella: rubia, escasamente vestida con algo que costaba diez veces mi sueldo seguro, con unas curvas casi tan antinaturales como sus senos, y con unos tacones de aguja que me hicieron preguntarme cómo demonios no se caía con cada paso. Movía las caderas con un contoneo fingido, y el pelo rubio suelto le bailaba al compás. Una sonrisa pintó sus labios casi al instante, y elevó la mano para quitarse las gafas de sol que cubrían unos raros orbes gris oscuro que exudaban confianza. —¡Nath, cariño, viniste a recibirme! —clamó con voz fina y se apresuró a acercarse. Mi jefe no se movió ni un centímetro, sino que la esperó, y cuando ella lo tuvo al alcance, sin importarle si era vista o no, agarró su rostro con una mano y lo besó. Él la tomó enseguida por la cintura y profundizó el beso, metiéndole la lengua en la boca sin compasión y pegándola contra su pelvis, y la mujer se dejó hacer complacida. En un segundo, mientras aquel hombre le comía hasta el cuello, sentí su inquisitivo mirar de reojo sobre mí, y al voltear detecté una clara señal de victoria seguida de una risilla que rápidamente quedó eclipsada por los labios ajenos, que no la dejaron ir hasta que jadeó sin aliento. Solo después de eso, Nathaniel se volteó, me miró y dijo: —Vámonos. Me tragué mis emociones, fingí demencia y asentí. En el auto, iba en el asiento del copiloto, en tanto la pareja en el asiento trasero hacía de las suyas, y tuve que hacer oídos sordos a los gemidos y gimoteos de aquella rubia, quien no escatimaba a la hora de gritar, y para cuando llegamos a casa, su buena facha y su ropa de alta costura iban tan arrugadas como su hubieran estado dentro de una botella. —Señor Belev, el jefe Parker lo espera en la segunda sala —comunicó uno de los sirvientes de la mansión apenas entramos. Nathaniel me miró, luego a la rubia, y ordenó: —Alvin, lleva las cosas de Shannon al dormitorio y ayúdala a instalarse. —A la orden, señor Belev. —Hice una leve reverencia y tomé el equipaje de la mujer, una maleta gigante y le presté mi atención—. Señorita Zanin, sígame, por favor. Ella sonrió y partió adelante. Subimos las escaleras hasta la estancia privada del jefe y pasé a dejar la maleta en el cuarto; sin embargo, cuando me disponía a marcharme, una voz me detuvo. —Hey, alto ahí —instó la rubia y me detuve. Escuché sus pasos acercarse despacio y me di la vuelta, encontrándola a escasos centímetros de mi cuerpo. —¿Disfrutaste las vacaciones, Alvin? —inquirió y me examinó de arriba abajo. Mi semblante se llenó de dudas, y no pude evitar comentar: —¿A qué se refiere, señorita Zanin? —Claro, sigue fingiendo, te queda bien… —Resopló y miró a los lados, para volver a centrarse en mí—. Disfrutaste ser la perra de Nathaniel, ¿no es así? Alzó la mano y la puso en mi pecho, lo que hizo que me crispara. —Sin embargo. —Apretó mi corbata y me atrajo a su altura—. La señora de esta casa ha llegado, y espero que tengas claro que no hay espacio para dos en la cama del señor Belev. Su amenaza salió rauda y llena de audacia; sin embargo, una sonrisa astuta pintó mis labios y hasta solté una risita que la dejó estupefacta. —¿Es que ya aprendió a moverse bien en la cama, señorita Zanin? La última vez que vino de visita, Gideon no dejó de entrar a mi cuarto a medianoche, insatisfecho por la nula capacidad de su boca para satisfacerlo. La ira brilló en sus ojos y apretó el agarre. —Tú… maldito… Pero no me intimidé y solo me encogí de hombros. —Ya veremos si la señora de la casa de verdad tiene los ovarios para satisfacer todos los caprichos del señor Belev —me burlé, aparté su mano y me enderecé—. Señorita Zanin, le deseo suerte. Tras una última sonrisa y una reverencia, me di media vuelta y salí, y solo tras unos pasos me congracié al oírla maldecir e insultarme en un muy claro italiano que, dicho sea de paso, se le oía horrible. Dos perros en la misma casa después de tanto tiempo, y un amo incapaz de decidir. ¿Quién ganaría al final? Estaba claro que yo tenía la ventaja.