Un esposo para la Princesa
"¿Podrá el destino volver a unir un amor separado por las malas decisiones?"
La monarquía de Hiraeth está bajo ataque. Después de que su hermano, el próximo Rey, decidiera salir abiertamente con otro hombre, Laurice Kuir, la Princesa de Hiraeth, necesita un esposo, pues es su deber darle un heredero a la corona. Lleva más de un año comprometida con Oskar Wedel-Jarlsberg, pero siempre encuentra una excusa cuando se trata de darle fecha al enlace. Un día, volviendo con su madre de un evento, su auto es atacado y ella sufre lesiones. La noticia se extiende por todo el mundo, lo que trae de vuelta a un viejo amor a su vida, Dayan Engel. Sin embargo, nada es tan fácil, y ella se encontrará entre la razón, el corazón y el orgullo, no solo para decidir su destino, sino el de toda su nación.
Prefacio: Un pasado doloroso
LAURICE Tras pasar una noche larga celebrando con Viktor y su equipo la victoria de la Copa de Europa, mamá y yo volvíamos a casa para seguir con nuestros compromisos. Tenía una importante conferencia en los próximos días, y necesitaba terminar de prepararme para una importante presentación con socios de Irlanda, para estrechar relaciones y conseguir mejores tratos. —Lau, ¿quieres algo especial cuando lleguemos a casa? —preguntó mamá, sacándome de mis pensamientos mientras llegábamos al aeropuerto—. Te ves cansada, deberías descansar. Sonreí y asentí con la cabeza. —¡Si puedes preparar esos rollos de canela espectaculares que haces, sería la más feliz! —exclamé sin poder evitarlo, mis ojos iluminándose ante la visión—. Pero estoy bien, ma. Solo que me tomé un par de copas anoche y tengo un poco de malestar, nada grave. Ella me estudió por un momento y asintió con la cabeza, llevando una mano a darme un par de palmaditas y a acomodarme el pelo, un gesto cariñoso que hacía siempre. —Creo que no tenemos todo lo necesario en casa. Cuando lleguemos, le diré a Ralf que nos lleve al supermercado primero. —¡Claro! También aprovecharé para comprar algunas cosas. Porque sí, ella era la Reina del Reino de Hiraeth, yo la Princesa, pero íbamos al supermercado a comprar comestibles como cualquier humano normal. Mamá y papá insistían en la independencia, así que varios días a la semana se encargaban de los almuerzos o cenas para la familia, o de los postres o meriendas, y nos habían enseñado lo mismo. Mamá no era una genio culinaria, pero había aprendido a defenderse, al menos con los postres, y me encantaba. Era la mejor mamá que podía pedir. Tenía suerte de tenerla. Estuve un buen rato pensando en roles de canela, y le envié un mensaje a Grace, mi mejor amiga, anunciando que pronto estaría llegando a casa, para charlar un rato. Subimos al avión, en compañía del tío Don, de Sepp, Joseph Evrard, mi asistente, y los demás guardias que nos acompañaban, y me acomodé en mi lugar. Las cosas en Hiraeth habían estado muy revueltas últimamente, pero yo tenía algo más encima. «La reunión de hoy salió bien, creo que tengo el trato entre manos», era un mensaje de Oskar, que me envió hacía un rato. Lo vi por unos segundos y suspiré. Se suponía que tenía que responderle, pero no tenía ganas. Oskar a veces podía ser tan… presuntuoso, muy a lo suyo, y me costaba soportarlo. Aunque en teoría me iba a casar con él, así que tenía que aprender a lidiar con eso. Solté un suspiro y le envié una carita sonriente, seguido de un «Genial, espero que todo salga bien» que quedó como enviado enseguida. Estaba a punto de apagar la pantalla del celular cuando entró un nuevo mensaje. Era de un grupo que tenía con mis «primos», es decir, los hijos de todos los amigos de mamá y papá, y mis hermanos. Era un mensaje de Evander que decía: «Felicidades a @Maldito Desgraciado 🐶 por haber recibido un ascenso anticipado a Houptmann. ¡Te invitaré una cerveza la próxima vez!». Luego de eso vinieron los aplausos, stickers y felicitaciones. «Maldito Desgraciado 🐶» era, obviamente, Dayan Engel, el hijo del medio de los tíos Blair y Dominik, y según entendía sería ascendido de Teniente Primero a Capitán. Considerando que solo tenía veinticuatro años, era todo un prodigio. El muy maldito… Apagué la pantalla del celular, solté un suspiro y seguí en lo mío. Aunque dejar de pensar era imposible. Después del despegue, mi mente se fue al pasado, al tiempo en el que veía la vida con otro color, a pesar de que en mi interior un crisol de singularidades se exhibía. Pensé que esta vez todo podría ser diferente, y en todo sentido lo era. Pero con esto, con él… Todo era un fastidio. Me dormí un rato, y al despertar era hora de aterrizar. Mamá y yo terminamos en un auto, y volví a tomar distraída mi celular, enviando un par de mensajes. Vi que el grupo de «PoderDePrimos» tenía un montón de mensajes pendientes, y entré. Ah… más de lo mismo. No pude evitar fijarme en una foto. Ahí estaba Dayan, con su sonrisa fácil de siempre y sus ojos desafiantes. Tenía el cabello un poco más largo que la última vez que lo vi, y estaba un poco más musculoso. Usaba un uniforme de carreras y llevaba un casco en la mano. Venía junto a un mensaje de Raymond: «Lo va a celebrar chocando este fin de semana en NY». Luego Dayan puso muchas caritas de risa y el mensaje «Me encantaría, pero estoy trabajando… A este paso me casaré con el trabajo», seguido de caritas llorando. «Casarse». La mente se me revolvió con cosas que prefería dejar atrás, y algo se me hundió mucho en el pecho, apretándome casi de forma dolorosa, tanto que tuve que llevar una mano ahí, y sentí que se me apretujaba el estómago con unas náuseas que no tenían razón de ser. No. Ya no debía dejar que me afectara. No debía sentirme así. Pero era tan difícil… Apreté los pies en mis zapatos, mirando su foto, abstraída en mi mundo, sin darme cuenta de lo que pasaba a mi alrededor, ni siquiera a la mirada serena de mi madre, quien parecía entender lo que pasaba por mi cabeza. Entonces, de repente, escuché un ruido fuerte, y cierta tensión abordó el auto; sin embargo, todo pasó demasiado rápido como para que me diera cuenta. En un segundo, el auto dio un volantazo y mi cuerpo se fue a un lado; sin embargo, el abrazo de mi madre de repente me cubrió, y ella me empujó hacia su cuerpo justo en el segundo en el que algo chocó contra el auto en el que íbamos. Escuché un chirrido espantoso, y un quejido salió de la boca de mamá justo antes de que yo misma soltara un grito agudo, sintiendo como si el brazo se me desprendiera del hombro, al tiempo que el costado me ardía en dolor. La cabeza se me fue a un lado con un golpazo, y un zumbido llenó mi espectro auditivo en el instante en el que parecí entender lo que pasaba. El miedo me llenó, y de repente todo se volvió negro.