VIKTOR
Minuto setenta, cero a cero, el entrenador, que hasta ahora hablaba con su asistente, me mira desde la banda y hace una seña.
—¡Andy, a calentar!
Me sorprendo, porque no se supone que salga tan pronto. Acabo de llegar. Había llegado tarde, e imaginé que estaría «castigado» por unas dos o tres jornadas, o al menos por esta, pero él parece pensar diferente.
Me pongo el peto y sigo al preparador para comenzar los ejercicios. Al fondo la gente se emociona al verme, algunos gritan, y los saludo.
Abelardo me da las instrucciones, y me sumo al calentamiento con el resto.
«Bueno, puede que caliente y no juegue, esas cosas pasan».
Dion, el «chico» nuevo, pasa a mi lado. Él está dentro y acaba de perder un balón al fondo, yo estoy fuera.
Sonríe y le sonrío. Aún no consigo hacer muchas migas con él, pero no dudo que será rápido porque así fue con Casper. Ventajas de hablar el mismo idioma.
Hago las rondas y veo el partido desde el costado. Rey lo está haciendo bien, pero no logra conectar. Hoy no parece ser el día de Davi, y el esquema con tres arriba no está funcionando. Analizándolo, si me toca entrar, probablemente será por él, y tal vez un segundo cambio por Charles, que tampoco está teniendo un buen día.
Con dos arriba habría oportunidad… quizá.
Me pierdo un poco en mis pensamientos mientras practico. Intento no pensar en nada fuera de este estadio, de este césped y lo que hago, pero es imposible.
Mi mente viaja a más arriba, donde Justin y River deben estar viendo todo. ¿Se estarán divirtiendo? ¿River lo estará pasando bien? No es su primera vez en la ciudad, pero quizá esta estancia larga sea la primera que recuerde.
Rachel no pudo venir, está ocupada con una sesión de fotos, y eso dejó un peso en mi pecho. Parece diferente las últimas semanas, distante.
Pensar en eso me aprieta el pecho, pero lo descarto. No es buen momento para ponerme triste.
Minuto ochenta y dos y seguimos empatados a cero. El otro equipo crea más ocasiones que nosotros y nos cuesta mantener el ritmo. Es la jornada tres, y la pretemporada fue corta por culpa del mundial, pero deberían estar mejor que eso, ¿no?
—¡Andy, ven acá! —llama el entrenador, y me detengo.
Corro, y escucho el jolgorio de la gente al darse cuenta de que entraré.
Yo mismo estoy un poco emocionado.
Este es el comienzo de mi séptima temporada en lo que no es mi segunda casa, sino mi hogar, el lugar en el que me siento más cómodo, en el que puedo ser yo mismo.
Me quito el peto y me pongo la camisa mientras los asistentes me dan instrucciones. Como pensaba, voy arriba y hay un cambio de esquema. Ya no serán tres, sino que seremos William y yo, y Charles y Davi van fuera.
Me paro al centro, junto al cuarto árbitro, con Daniel a mi lado. Es un chico recién llegado y está nervioso, está más que asustado.
—Oye, lo harás bien —digo en español, y le doy una palmadita en la espalda—. Solo haz lo que mejor sabes hacer y todo fluirá.
Él me mira con una admiración que me llena de orgullo, del sano, y asiente.
—¡De acuerdo! —exclama y respira hondo.
El balón sale, es hora de los cambios.
—¡Entra con el diez, Viktor Kuir! —anuncian desde la megafonía.
Choco las manos con Charles y piso el césped por primera vez en semanas.
Mi familia ha sido tan desastrosa los últimos meses, que por un momento pensé que esto no volvería a pasar, que terminaría encerrado como una princesa cautiva en la torre de un castillo.
Doy un par de pasos y me posiciono, reorganizamos y el juego recomienza.
La sensación dentro es diferente, y no puedo evitar sentirme emocionado por eso.
Y al mismo tiempo me siento un traidor.
Es una locura. Deseaba tanto salir de «casa», irme de ahí y venir aquí, estar en mi mundo, lejos de todos esos conflictos y locuras que sé que tienen que ver conmigo, pero de los que me siento tan ajeno.
Lo único que me conecta con todo eso es ser hijo de mis padres. ¿De resto? No tengo ni idea.
Recibo el balón y enseguida tengo a dos encima, así que lo paso. Recuerdo a estos chicos de antes, sé cómo juegan.
Toco el balón un par de veces más y ya me siento a gusto. William recibe un pase, pero se va fuera, al lateral.
Ellos sacan, y volvemos a empezar.
La contra comienza, y corro para ayudar, para presionar.
Leandro roba arriba y se la da a Rey, y una sola mirada es suficiente para conectar. Doy un pequeño giro y corro, y sé que llegará.
Siempre llega.
El balón está en mis pies y el mundo desaparece. No hay personas gritando, no hay insultos, no hay ruido, solo mi empeine contra esa pelota con la perfecta presión. Corro y me libero de mi marca. El campo no está abierto, pero William arrastra su marca y me da un espacio.
Y eso es todo lo que necesito.
Uno de los centrales se da cuenta cuando paso hacia el área, pero ya es demasiado tarde. El portero se posiciona, parece preparado para detenerme, pero esas son ilusiones. Hago un recorte, un cambio, y esa postura suya se quiebra como una galleta. Entonces, el arco está libre, es mío.
El marcador está cero a cero, hasta que pateo. El balón cruza la línea de meta, y se hace un silencio de un milisegundo que presencio antes de que se desate la locura.
—¡Gooooool! —grita la megafonía, y la gente enloquece.
Mis compañeros corren a celebrar conmigo, pero yo solo puedo alzar el puño y agradecer por la oportunidad de volver.
Estoy en casa, me siento bien. Me siento perfecto, en realidad. Este es el lugar del que nunca debí salir, es mi pequeño pedacito de mundo, ese que me hace aislarme de todo lo demás.
Pero la vida tiene una forma muy cruel y curiosa de hacer las cosas, y cinco minutos después, cuando me llega el balón, me recuerda que no puedo abstraerme para siempre de la realidad.
Uno de los mediocampistas del otro equipo se viene sobre mí y no me da tiempo de reaccionar. Su pie choca contra el costado de mi pierna con fuerza, y siento los tacos clavarse en mi carne con tal ferocidad que no puedo evitar soltar un grito. Pierdo el empuje y caigo al suelo.
El dolor se riega por mi cuerpo, pero lo que escucho a continuación me hela la sangre.
—Eh, Principito —dice el tipo que me hizo la falta, medio tapándose la boca—, ¿crees que fuera de casa lo vas a pasar genial? Debiste quedarte con tu familia de muñequitos. Este no es lugar para ti.
El árbitro viene corriendo y enseguida le saca tarjeta roja directa, pero sus palabras calan en mí incluso más que el dolor que se riega por mi pierna.
—¡Está sangrando! —grita Rey, acercándose a toda prisa—. Oye, ¿estás bien? ¿Te duele mucho?
Pero no puedo responder.
Lejos del dolor físico, el pecho se me aprieta con algo que pensé podría dejar atrás al venir aquí, que creí haber echado al fondo tras regresar a casa.
Miedo.
Terror.
¿Por qué pensé que si me alejaba nada me afectaría?
Soy un iluso. Siempre lo he sido.