El tiempo, el espacio, la vida… vaya cosas más misteriosas. Un día estás sonriendo, y al siguiente solo pareces dormir dentro de una urna mientras los demás lloran tu partida.
Los años nunca transcurren en vano, y todo aquello que se hace en la Tierra se paga en la Tierra. Si alguna vez matas, si alguna vez robas, si alguna vez haces el mal, todo eso, todos esos actos, serán canjeados en castigo, en desdicha, en dolor, en sufrimiento.
¿Puedes llegar a perdonar?, ¿puedes acaso entender?
Eso era algo que Mishel, quizás mejor que cualquier otra persona en Japón, comprendía muy bien.
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VARIOS AÑOS ATRÁS
Las cosas no iban bien desde hacía mucho tiempo. Él estaba más delgado, tenía la piel mucho más pálida y, en general, era un completo desastre.
¿Cuándo se volvió de esa manera? ¿Cuándo se transformó en un ser que se preocupaba tan poco por sí mismo?
Al ver al pasado, a uno terriblemente reciente… fue en ese momento.
Siempre con los hombros caídos, la postura baja y una expresión sombría, un rostro desganado que parecía ser su fiel compañero desde hacía semanas, días en los que no pudo hacer más que guardar silencio, donde prefirió no ver para no herir, y en los que, poco a poco, comenzó a perderlo todo.
Y hoy… lo sabía, era ese instante en el que lo único que le quedaba se le iría entre los dedos.
Esa tarde, fue llamado a la casa principal en Chisa por su madre.
Después de haberlo ignorado, solo podía significar una cosa.
Acudió al lugar a eso de las cuatro de la tarde, justo después de salir de la escuela, esa que ya casi terminaba.
Vestía con el riguroso uniforme de la preparatoria: pantalones y zapatos negros, camisa azul cielo, saco negro con detalles grises y plateados, y una corbata que, a su elección, era de un color azul muy oscuro, azul naval, que podía confundirse con el negro.
Caminaba a paso lento porque estaba cansado, porque las fuerzas no le daban para mucho más. Tenía el cabello bastante largo, y unas oscuras y profundas ojeras le redondeaban la cara.
Al llegar al frente, resopló, pues sabía muy bien lo que le esperaba.
Después de entrar, ante la vista de los escoltas, volvió a suspirar. Hacía semanas que no venía aquí, y se daba cuenta de que la atmósfera general era más pesada.
Fue conducido a la oficina de su padre y, después de entrar y darse cuenta de quiénes se encontraban dentro, confirmó para sus adentros que el momento para él por fin había llegado.
¿Ellos finalmente lo sacarían de su miseria? ¿Sacarían una pistola y lo matarían ahí dentro? ¿Serían tan amables de hacerlo?
Norman y Reagan, los hermanos de su padre, se encontraban ahí, así como Jin, su hermana menor. Miyako, su madre, estaba de espaldas, con la vista puesta en la ventana, a un día nublado y bastante frío.
Los otros dos lo veían con mucha seriedad, y Jin con una profunda incredulidad.
No obstante, no bajó la cabeza. ¿Qué sentido tendría hacerlo ahora?
—He venido como me pediste, madre —dijo Mishel.
Su voz resonó con fuerza por la oficina, a pesar de que era débil y ronca, pues el silencio era profundo y penetrante.
La dama volteó con lentitud y elegancia al oírlo. Ella era alta y delgada, con una hermosa cabellera castaña, pero una expresión notablemente cansada en la cara, y un torrente de ira le recorría los ojos segundo a segundo.
Con las manos en la espalda, rodeó aquel escritorio detrás del cual estaba, y se detuvo frente al muchacho, dedicándole un mirar ardiente que se lo dijo todo.
Ella alzó su mano y le dio una bofetada que resonó en el despacho que lo expresó mucho mejor.
—¡¿Cómo pudiste hacerle eso a tu propio padre?! —bramó la mujer.
El escozor de la cachetada recorrió a Mishel con un turbio cosquilleo, y su estómago se hundió.
La castaña rompió en llanto, y no fue la única, pues Jin enseguida se tapó la boca para reprimir sus gritos y no armar un escándalo.
—¡¿Cómo pudiste matar a tu propio padre?! ¡Eres un maldito malnacido! —aulló Miyako de nuevo, con los ojos inyectados de sangre en su dirección, y le tomó el cuello de la chaqueta.
Empezó a zarandearlo con todas sus fuerzas, y espetó:
—¿Cómo fuiste capaz de hacer algo así?
Su voz cayó en las profundidades del dolor en un segundo, y un aire desgarrador la carcomió. Su postura cayó, y pegó la cabeza del pecho ajeno mientras temblaba.
Sentir el cuerpo de su madre tan débil contra el suyo propio, su temblor, su dolor, su agonía, solo lo hizo apretujarse más en su malestar.
Por dentro él también moría… se moría desde el mismo instante en el que apretó el gatillo, pero lo mantuvo en secreto no solo por temor, sino por el inmenso asco que sentía hacia sí mismo, porque, ¿cómo se suponía que le dijera a alguien algo así?
Por todos estos meses, que ya eran casi cuatro, no dejó de preguntarse ni un solo segundo cuándo iba a estallar, cuándo todas las pistas iban a apuntarlo con flechas de neón, cuando ese viejo, que era su abuelo, por fin le daría la patada que esperaba y lo dejaría en evidencia.
A fin de cuentas, fue él quien planeó todo, el gran Señor de los Suoh, y le salió redondo porque, desde su perspectiva, vaya que mató dos grandes pájaros de un sencillo tiro.
No obstante, tener a su madre frente a él, confrontándolo por lo que hizo por órdenes ajenas, pero cosa suya al fin, solo lo hizo sentir que por fin llegaba al culmen de lo que su ya frágil mente podía soportar
Tragó entero a sabiendas de que no debía llorar, pues no tenía caso ni era apropiado a estas alturas.
Miles de lágrimas, cientos de litros, ya fueron derramadas a estas alturas, y nada de eso trajo a su padre de regreso y, menos que menos, disminuyeron de alguna forma la terrible culpa que se lo comía desde dentro.
Apretó los dientes tan fuerte como pudo al oír el llanto de su madre, que seguía aferrada a su cuello, y de su hermana mayor, que trataba de contenerlos con sus manos, e intentó permanecer con la pose más dura e inmóvil que pudo.
—¿Es que acaso no vas a decir nada? —preguntó Miyako en un susurro cargado de odio—. ¿No dirás nada para defenderte o justificarte? ¿Solo te quedarás ahí?
Alzó la cara y dejó ver unos ojos café claros inyectados en sangre, y las gruesas lágrimas corriendo por sus mejillas.
—¿Por qué estás tan quieto? ¿Por qué no dices que es mentira, que tú no hiciste nada, Mishel? —inquirió con volumen apagado, pero casi como una plegaria, como si le rogara que hiciera eso para tener algún tipo de extraña paz.
El pelinegro sintió lástima por ella en ese instante. No fue meditado, sino espontáneo porque, aunque se suponía que debía sentir más lástima de sí mismo y la horrible situación en la que se encontraba, lo que más lamentaba era no poder cumplir ese ruego que salía de la boca de su madre.
—No puedo hacerlo —masculló con una voz muy baja, apagada y hasta ronca.
Respiró hondo, haciendo de tripas corazón para serenar su crisis interior.
—¿Por qué? —indagó su madre, dudosa y en negación.
El conflicto bordeaba sus ojos, porque quería y no quería saber lo que venía.
Él tan solo negó despacio con la cabeza y fijó la vista en ella con una taciturnidad impropia para tan terrible momento.
—Porque yo lo hice —respondió.
No fueron palabras firmes, sino una respuesta desesperada a un ruego desesperado y, a pesar de que trató de decirlo de la forma más centrada que pudo, titubeó al final.
Este era el peor momento en la vida de una madre… Era la afirmación de un hijo ante ella de que había asesinado a su propio padre.
Miyako necesitó un par de segundos para entender la totalidad de esa simple frase, y un grito abandonó su boca al instante siguiente.
Comenzó a golpear el pecho del pelinegro, primero sin fuerzas, y luego con todo lo que le daba el momento.
A Jin, al costado, le fallaron las piernas, y habría caído de no ser porque Reagan, Kubo, reaccionó a tiempo y la sostuvo, la abrazó contra su pecho y consoló su terrible llanto, en tanto miraba con profunda decepción a su sobrino.
Norman, en cambio, parecía tener un mirar complacido en esos ojos brillantes, aunque lo enmascaraba con un dolor que no le cuajaba para nada.
Dentro de su propio desquicio emocional, Mishel notó eso casi sin querer, por lo que no debió tratarse de una emoción superficial.
Miyako siguió llorando y gritando, golpeándolo, en tanto su hijo se fue tan profundo en sí mismo como pudiera, porque no encontró otra forma en la que poder soportar algo como esto.
Desde el momento en el que apretó el gatillo esa noche, cuando descubrió que fue a su padre a quien le disparo… oírlo pedirle perdón y decirle que lo amaba, sus últimas palabras y ese terrible momento en el que dejó de respirar y no volvió a moverse…
Y todo lo que vino después de eso, el rechazo de quienes lo rodeaban y su propia dejadez.
Siguió apretando los dientes tanto como pudo, así como los dedos de los pies dentro de sus zapatos, porque tenía que resistir, porque tenía que ser fuerte y dar un último de ignorancia e indiferencia, debía aislarse y ser el tipo frío que todos esperarían que un asesino como él fuera.
Sin embargo… podría arrancar a llorar en cualquier momento, sus entrañas se lo advertían y, aunque hacía lo imposible por sellar las lágrimas que le quedaban, tensionando el cuerpo hasta sus límites para no reventar, los sentimientos se encontraban dándole una paliza.
Pero… ¿llorar?, ¿romperse? ¿Tenía sentido que un maldito como él hiciera eso, después de destruir las vidas de sus seres queridos?
—Mishel, por qué… ¿por qué hiciste algo así?
Los sollozos de Miyako lo ensordecieron cada vez más conforme transcurrían los segundos, pero él no dijo ni una sola palabra.
—¡Respóndeme! ¿Qué te hizo tu padre? ¿Por qué hiciste esto? ¿Por qué a tu propio padre?
Las preguntas salieron de su boca cada vez con la voz más alta, y lo veía con los ojos bien abiertos, casi perdidos en el desconocimiento, la furia y el dolor.
—¿Cuándo te volviste de los que matan sin una razón?, ¿cuándo decidiste que matar a tu padre era lo mejor? —Ella apretó los dientes y el cuello del saco ajeno, y lo removió de adelante atrás con fuerza.
Para Mishel aquellas eran preguntas que no entendía si de verdad tenía caso responder, porque, ¿le creerían acaso? ¿Alguien pensaría que él decía la verdad si les decía lo que pasó?
¿Qué debía decir?
Respiró hondo, alejando cualquier sombra de dudas de sus acciones, y cerró los ojos por un par de segundos, para volver a abrirlos y decir:
—No sabía que era él.
Esa era la verdad, a fin de cuentas.
—¡Mentira!, ¿cómo no puedes haber sabido que era tu padre? —gritó su madre enseguida, sin darle ni tiempo a respirar.
Lo sabía. No tenía sentido tratar de contar los hechos tal cual sucedieron.
—No lo sabía —recalcó entonces, tratando de mantener su voz lo más neutra que pudo.
»Él no hizo nada, ¿sí? Había un hombre apuntándonos esa noche. Él quitó el seguro y yo disparé apenas darme cuenta. Usaba un pañuelo para cubrirse la cara, ¿cómo iba a saber que era él, en medio de un puerto oscuro?
Sus palabras dejaron entrever cierto sufrimiento que no logró aplacar y ocultar por completo. Apretó los labios y arrugó la cara, enturbiando su semblante, pues el recuerdo de lo sucedido esa noche llegó de nuevo a su mente, haciéndolo tiritar y tener náuseas.
Un escozor se regó por su mano al rememorar su dedo apretando el gatillo, y el hecho de que no disparaba sino a matar.
—Yo solo disparé… —murmuró—, y luego… luego vi que era él.
Miyako no le quitó los ojos de encima, ninguno de los presentes, en realidad; pero los de ella eran más intensos, con una turbulenta mezcla entre la incredulidad, la ira y el dolor.
Incredulidad por las palabras que escuchaba, por la expresión que veía en el rostros de su hijo; ira y dolor porque su esposo, su otra mitad, la persona a la que amó y cultivó desde que ambos eran niños, ya no estaba. Su mejor amigo, su confidente, se había ido para siempre, y el estigma de que había sido por la mano de su propio hijo se quedaría grabado a fuego en su corazón hasta el día de su muerte.
—Tú… naciste de nosotros, te dimos amor, cobijo, un hogar, ¡y así es como nos pagas! —chilló la castaña.
Ella había decidido prescindir de la incredulidad, desechar lo último de amor que tenía por ese varón frente a ella, y dejarse consumir por la ira.
—¡Eres un malnacido! ¡Maldito! —bramó y volvió a golpearlo en el pecho.
Los impactos comenzaron a aumentar en frecuencia y fuerza, y sus gritos se hicieron cada vez más quedos. Para el momento en el que Mishel se dio cuenta de lo que sucedía, ella perdió las fuerzas y cayó de rodillas al suelo; no obstante, justo cuando él se movió para agarrarla, una mano se metió en medio y golpeó la suya con fuerza.
Al alzar la vista, descubrió a Jin, su hermana mayor, mirándolo con ojos de asco.
Fue la muchacha quien se acercó a su madre y la abrazo, y ambas volvieron a romper en llanto.
Mishel retrocedió y, en el segundo en el que su cerebro lo analizó todo, sintió un fuerte golpe centrado en su abdomen, en el estómago, que le hizo perder el sentido por unos instantes.
Fue un puñetazo fuerte que lo hizo quedarse sin aire, y perder el equilibrio, pues estaba muy frágil. Perdió el equilibrio y cayó al suelo, jadeando en busca de oxígeno, pero sin poder encontrarlo con facilidad.
—Eres un bastardo —dijo un varón con dureza.
Ese era Norman Suoh, Taro, el mayor entre los hermanos menores de su padre, que lo miraba desde arriba con una expresión victoriosa enmascarada por un falso dolor y un asco terribles.
—Tienes que ser castigado, tienes que sufrir por lo que le hiciste a Spencer —dijo—. Tienes que pagar con sangre, con dolor, con sufrimiento, todo lo que le hiciste a nuestro hermano, todo lo que le estás haciendo a esta familia.
Ese, quizá, era el comienzo del fin.
Cuando la palabra «castigo» fue mencionada… ¿se sintió feliz? ¿De verdad alguien podría sacarlo de esa espiral de sufrimiento en la que se hallaba? ¿Sería que alguien de verdad podría aliviar su dolor?
Aquel hombre de falso dolor, rebosante de felicidad, quizá tenía razón. Tal vez él tenía la clave de todo… ¿Sacaría una pistola y le dispararía allí mismo?
Lo deseó con todas sus fuerzas en ese segundo… pero eso nunca pasó.