Promesas de hierro: legado en llamas
"Mishel cree que por fin es libre, pero el pasado vuelve a tocar a su puerta... y trae un incendio consigo"
Mishel ha vuelto a escribir… y a llevar una máscara que juró no usar jamás. Un mensaje críptico lo llama «Hao» y anuncia lo inevitable: ya no hay tregua. El frágil equilibrio entre los Suoh, los Sajima y los Brambilla está a punto de colapsar. Chisa es un tablero donde cada movimiento se paga con vidas. Dino, líder de los Brambilla, ha matado al hermano de su exesposa, la heredera Sajima, y todos saben que ella no descansará hasta vengarse. Mientras tanto, él intenta anticipar una guerra que huele a traición desde todos los flancos. Pero Mishel, fiel a su instinto de convertir el caos en palabras, se refugia en la escritura mientras afuera cae la lluvia, hasta que un mensaje lo lanza al abismo: su madre y su hermana menor están muertas. Suicidio, dicen, pero siente que algo anda mal con eso. La tormenta ha comenzado. Ya no hay familia, ni paz, ni escudos posibles. Solo queda el legado… y una promesa forjada en hierro.
Capítulo 1: Karma
Cuando piensas que la vida va como se supone que debe, es cuando esta te recuerda que tú no la controlas, y que ella es capaz de hacer lo que quiera, cuando quiera, porque los límites no existen. Sobre el mesón de la cocina reposaban una serie de botecitos muy chistosos y de lindo aspecto; eran de vidrio, trasparentes, y contenían una gran variedad de frutos secos y maní en su interior, pero las tapas eran lo más curioso, pues resultaban ser la versión animada y chibi de cada una de las semillas. Erika los observaba con una sonrisa de oreja a oreja, y bamboleó su coleta alta con gracia. Aún en pijamas, tenía una taza humeante entre manos, sentada en uno de los taburetes de la península en la casa de su padre. Tiró la vista a la planta alta, donde su padre seguía metido en su escritorio, enfocado por completo en su trabajo. Ahora llevaba más de un año viviendo en este lugar, y ya cursaba su segundo año de preparatoria. Aquellos botes fueron el regalo de cumpleaños de Damiano, su novio, y por eso los apreciaba en demasía. El ambiente oscuro y la pesadez ya no existían, y la relación con su padre incluso mejoró, respecto a seis meses atrás. El tiempo avanzaba deprisa y sin mirar atrás. Sí… todo parecía ser diferente a medio año atrás, cuando la muerte de Shun Sajima sacudió los cimientos de la sociedad en Chisa. Pero no era así. ¿Cómo es que algo tan trascendental podía llegar a saldarse con tranquilidad y sosiego? ¿Eran los Sajima tan benevolentes? No. Eso era imposible. Arriba, en su estudio, Mishel escribía sin prisas pero sin pausa un proyecto para su siguiente novela, aprovechando un precioso momento de inspiración, de esos que venían cada tanto a alumbrar su existencia. ¿A quién le importaba que fuesen casi las tres de la mañana? ¿Después de ese mensaje que recibió tiempo atrás, quién podía estar tranquilo? Recordar una vieja conversación con Dino trajo todo a flote en menos de un segundo. —¿Se trata de los Suoh? —preguntó el rubio. Ambos se encontraban al borde de la azotea en su casa. —No lo sé, ya que el número es privado, ¿pero quién más se atrevería a amenazarme de forma tan directa? Es casi como si me lo gritaran a la cara. Dino respiró hondo, recostado del borde de espaldas. Sacó un caramelo de su bolsillo y, tras abrirlo, se lo metió a la boca sin más. Mishel lo miró con dudas. —¿Quieres? Tengo más en mi bolsillo. —No. ¿Por qué estás tan ansioso? Desde que te dio una indigestión por comer tantos caramelos luego de dejar de fumar hace años, solo los comes cuando estás ansioso. El rubio soltó una risilla y resopló. —Me conoces bien. El menor se encogió de hombros. —Vomitaste en mis pies esa tarde, ¿ya se te olvidó? La expresión de Valentino se ensombreció y negó con la cabeza. —Jamás me dejarías. —Volvió a resoplar—. Yo… supongo que en Chisa todo es un poco más difícil ahora y… ¿estoy nervioso? —Respiró hondo—. Ya sabes, la presión aumenta día a día, y siento que comienzo a asfixiarme. —¿Por eso viniste sin avisar hoy? —Sí… necesitaba respirar. Pero ese no es el punto. Respecto a los Suoh, desde la muerte de Shun, como Tara ha mantenido una postura demasiado tranquila para el gusto de todos, han reforzado sus posiciones; no obstante, es algo que hasta yo he hecho, así que no sé qué decirte. »¿Tal vez la amenaza venga de alguien específico? Ante esa última frase, Mishel, recargado de frente en la media pared, suspiró. —De ser así sería demasiado problemático, y significaría no poder continuar con este estilo de vida tan tranquilo que he tenido la mitad de mi vida. —Eres un Suoh, y el primogénito varón de tu padre, creo que tú sabes mejor que yo qué puede o no pasar… Entre los dos, siempre has sido el más realista y, aunque a veces tu forma de ver las cosas me moleste, casi siempre tienes razón. Sí, casi siempre tenía razón. —Pero me gustaría equivocarme esta vez —murmuró, ya en el presente, y dejó de mover los dedos sobre el teclado. Lo que vivían ahora era la calma antes de la tormenta, eso lo sabía; sin embargo, ¿de qué forma vendría dicha catástrofe? Se removió el cabello y pasó la mano por su frente, ya lisa y sin ninguna cicatriz, pues se las quitó con cirugía unos meses atrás, y se relajó en su silla. Esta era su cuarta noche en vela escribiendo, porque el brote de inspiración era largo, pero los ojos ya comenzaban a pesarle. Se desperezó y volvió a las andadas, porque estaba en la mejor parte de un buen capítulo, así que no podía perder la idea. Sabía que más de la mitad de lo que teclease ahora terminaría descartado por él mismo en su primera revisión, pero no le importaba. Pero, de la nada, comenzó a sonar una alarma, y al tomar su teléfono se dio cuenta de que era la que puso a las cuatro de la mañana para obligarse a dormir, por lo que, tras chascar con la lengua, apagó todo y salió de su estudio. Necesitaba dormir un par de horas al menos si no quería ser un zombi el resto del día. Ese mismo día, tras llevar a Erika y a Damiano a la escuela, hizo su rutina de ejercicios acostumbrada, una que había intensificado tras los males ocurridos el semestre pasado y, luego de darse una ducha, se sentó en su sillón favorito a escribir. A su alrededor, de puertas para afuera, todo era silencio; no obstante, lo que su mente percibía era otra cosa: pequeños susurros a la distancia, tenues ruidos, e incluso olores que buscaban distraerlo de vez en cuando. Estaba acostumbrado, pero eso no quería decir que fuese sencillo concentrarse en una sola tarea. Llevó una mano a rascarse la barba, esa que tenía una semana sin afeitarse, pues estaba metido en su trabajo, y tapó un travieso bostezo con su zurda. Afuera llovía, por eso dentro el frío era acogedor en la sala, lo que lo llevó a estar descalzo y usar una camiseta con comodidad. Entonces, de la nada, su teléfono, sobre la mesa de centro, comenzó a sonar, indicando la llegada de un mensaje de WhatsApp que lo hizo arrugar la cara pues, por el timbre, se trataba de Valentino. Detuvo su accionar y, tras dejar la laptop y su pequeña mesita a un lado, se estiró, tomó el móvil y desbloqueó la pantalla, tocó el mensaje y, tras leerlo, se quedó en blanco. El frío lo invadió de golpe, y su corazón palpitó con fuerza en su pecho, aunque su expresión se mantuvo neutra, demasiado serena para ser normal. «Dai, no puedo llamarte porque estoy muy ocupado ahora, pero creo que tienes que saber que… tu madre y tu hermana murieron. Ellas se suicidaron». Sí, tarde o temprano el karma llega, y esta era su hora.