KÉTNEMÜ: Llamas gemelas
"Luke huyó del destino. Ahora regresa para enfrentarlo… y reclamar a Blaise"
En un mundo reconstruido tras una guerra de razas, Luke Edevane, Príncipe de los Veneto, regresa del exilio decidido a romper la maldición que lo separa de Blaise Habsburg, su llama gemela y guardián asignado. Unidos por el Kétnemü—una leyenda que enlaza almas desde el primer latido de la existencia—, ambos deberán enfrentar los designios de Malcolm, el padre de Luke, y la traición que se cierne sobre un clan cegado por el poder y el dinero. Mientras mercenarios acechan y secretos familiares salen a la luz, Luke, un nigromante consumado, descubrirá que el amor verdadero no solo desafía la muerte… también puede reescribir el destino.
Prefacio: Dérive
El día en él que alumbró fue una alegría. Sí, era el primero, el gran heredero. Un varón, un patriarca. El orgullo, la gallardía, la certeza de creerse dueños de su mundo. • • • Año 2015 d.C., 16 d.G. Venecia, Territorio de Vitéliu, Düster Luke avanzaba con firmeza, sus pasos hacían eco en medio de un vacío pasillo en tanto, detrás de él, un hombre más bajo lo seguía cohibido, mirando su espalda con cierto temor y expectativa. Él, hombre espigado y rubio, no parecía estar concentrado en nada más que sus pensamientos, y en eso que lo molestaba; sin embargo, cuando tuvo que doblar a la derecha, lo hizo sin titubear. Apretó los puños y los relajó, en pos de calmar sus pensamientos, y se detuvo frente a la última frontera de su camino: una maciza puerta de madera oscura. —Padre, he llegado —anunció con tono claro y neutro, su voz grave retumbando en los derredores. —Adelante —se escuchó otra voz igual de seria al otro lado. Sin voltear, pero sabiendo que su acompañante se había detenido un par de pasos más atrás, Luke ordenó: —Alberto, ve a mi habitación y espera mi llegada en calma. —Así lo haré, señor —aceptó el muchacho detrás de él sin protestar; dio media vuelta y emprendió caminata, para desaparecer tras doblar hacia la calleja central. Una vez estuvo lo bastante lejos, Luke abrió la puerta. Al otro lado se encontraba otro rubio, como todos los Flabiano más puros eran, sentado tras un escritorio macizo de madera oscura. Se veía como alguien de cuarenta años, con una barba escaza y tatuajes apenas visibles a la izquierda de su cuello, sin arrugas, pero una expresión dura y mandíbulas prensadas por alguna clase de ira. —Padre —saludó el recién llegado, haciendo una reverencia pronunciada apenas poner pie en la habitación, el estudio/oficina de su progenitor. Él usaba un traje de dos piezas de color negro, sin corbata. Cerró la puerta tras de sí y dio dos pasos al frente, para quedar en medio de la estancia. —Al fin te dignas a regresar —soltó con pesadez y aspereza Malcolm Edevane. Se levantó, rodeó el escritorio y se aproximó hacia su hijo, solo para alzar la mano y abofetearlo con una fuerza que hizo resonar el golpe por todo el lugar. Pero Luke no se movió ni un milímetro. En cambio, lo miró con una serenidad tan profunda que fastidió al mayor. —¿Para qué me has hecho llamar con tanta urgencia, padre? Creo recordar haber enviado una correspondencia anunciando mi traslado a la Ciudad Neutral. No veo motivos para interrumpir mi viaje de esta forma —declaró, su voz grave y tono sereno hicieron al otro fruncir el mirar con molestia. A diferencia de su padre, Luke llevaba el cabello más largo, cubriendo parte de la nuca y por debajo de las orejas, y una barba mucho más escasa; además de ganarle en estatura y poseer una mejor complexión. —Recibí dicha carta; sin embargo, debo recordarte que has faltado a cada una de las reuniones de nuestra familia en los últimos ciento setenta y dos años, Luke. ¿No pensabas dignarte a aparecer frente a nosotros y explicar qué es lo que esperas hacer allá en el centro del mundo? El más joven frunció el ceño, y su expresión se tensó. —Cada doce meses te llegan reportes de lo que espero hacer allá, Padre. ¿Acaso Marco no sabe cumplir su deber como tu chivo expiatorio? —cuestionó con ironía, pero con una voz solemne y, en apariencia, respetuosa. Malcolm apretó las mandíbulas con fuerza al comprender el fondo de su tono y pensó en darle un par de buenos golpes ahí mismo, porque se los merecía y porque podía dárselos; no obstante, antes de materializar con complacencia su idea, se escuchó un nuevo toque de nudillos contra la puerta. Ambos sabían de quién se trataba. —Adelante —autorizó el mayor. La puerta se abrió, y una dama hizo aparición. Ella era bajita, no más de metro sesenta y cinco y rostro aniñado: nariz fina, ojos pequeños, labios prominentes y muy rosados, y un lacio y brillante cabello rubio que caía con libertad hasta su cintura; usaba un vestido corto de verano y sandalias. Apenas poner un pie dentro, hizo una reverencia profunda ante el dueño de casa. —Padre, vine, tal cual me llamaste —saludó con diligencia y enderezó su postura. Su voz era suave y fina, propia de su edad aparente, con matices de un acento inglés antiguo y olvidado que se negó a marcharse de ella. Se veía como una señorita de apenas veinte, veinte y pocos como mucho, pero tenía varios cientos de años más. —¿Denisse? —cuestionó Luke al voltear a verla, extrañado por su presencia en esta oficina, en la ciudad en general. —¡Lulu! —exclamó ella aquel apodo que le tenía puesto desde que aprendió a balbucear. Sus ojos, del color de la miel, brillaron hacia el varón, y una sonrisa pintó sus labios. Luke le sonrió, y ella miró enseguida hasta su padre en busca de aceptación, y al obtener un asentimiento por parte de este, corrió hasta el más alto y lo abrazó. —¡Lulu! —chilló con felicidad. Luke no la rechazó; en cambio, correspondió a su abrazo y comenzó a acariciar sus finos cabellos. Ella era Denisse, la menor de sus hermanas, la más querida por todos. —Es bueno verte otra vez —murmuró él. Ella alzó el mirar con recelo, y resopló. —¿Acaso no pensabas regresar a casa alguna vez? —recriminó—. ¿Tienes una idea de lo mucho que sufrimos todos en los años de la guerra porque no sabíamos nada de ti? —espetó con una falsa dureza que hizo exhalar a su hermano. —Lo siento, pero tuve mis razones —se disculpó el rubio. Denisse se separó y negó con la cabeza. —Ya no importa… Verte después de tanto tiempo me hace muy feliz. Lo miró de la cabeza a los pies, y el brillo de la felicidad regresó a ella, así como la sonrisa plena a sus labios. Sus ojos lo contemplaron con ternura, calidez y deseo, uno al que Luke podía corresponder, pero no con la misma intensidad. Malcolm se aclaró la garganta, al sentirse sobrar en su propia oficina, y la tensión volvió al cuarto. El mayor regresó hacia su escritorio y se detuvo al frente, para recargarse de él y mirarlos, en tanto Denisse se acomodó a un lado de Luke, que vio a su padre con curiosidad. —Los hice llamar a ambos aquí porque ha llegado el momento de que cumplan con su deber como mis hijos, y como parte de la rama principal de nuestro clan —declaró. Luke aguzó la vista en él, no necesitaba más que eso para saber a qué se refería. —Denisse, irás a la Ciudad Neutral con Luke. A partir de ahora, ustedes dos quedan comprometidos para el matrimonio de forma oficial. La chica abrió los ojos de par en par, también la boca, y no pudo decir nada, solo volteó hasta su hermano, que miraba a su padre con una ira única, propia de años y años de acumulación. —¿Te volviste loco? —espetó Luke, su voz más rasposa con cada palabra. —Claro que no. Casi tienes novecientos años, Luke, es hora de que cumplas con tu deber como heredero de esta familia. —Padre, no… Malcolm interrumpió: —Esta es mi última palabra, Luke —dio un paso al frente para encarar a su hijo. La vibra del estudio, de paredes crema y muebles de madera, se volvió aplastante. Denisse dio dos pasos al costado al sentir la intensidad que provenía de ambos. Malcolm tenía los ojos fijos en su vástago, y una sensación espesa y cálida se extendió. Luke lo miró incluso con más dureza, y frunció el ceño. —¿Acaso intentas dominarme? —espetó Luke—. ¿Con quién crees que estás tratando, padre? —interrogó con fingida indignación y profunda dureza. La nota ácida de su voz caló profundo en Malcolm, e hizo subir su ira varios grados de un tirón. Se acercó más, llevó una mano al cuello ajeno y lo apretó, enterrando las uñas en la pálida piel de un Luke que no mostró signo alguno de dolor y que, al no retroceder, lo retó. La presión en las sienes de Malcolm se hizo visible para una Denisse que los veía con preocupación, pero sin poder meterse. Eran su padre y su hermano mayor, ella no tenía posibilidad contra ninguno. El mayor apretó con más fuerza, y la sangre comenzó a brotar del cuello de Luke, cuyo mirar no se doblegaba ante la dominación de su padre. Él plantó los pies con firmeza en el suelo, y la calidez propia de la dominación del patriarca comenzó a transformarse en frío. De repente, la temperatura del cuarto descendió varias decenas de grados, al punto en el que las partículas que flotaban en el aire se congelaron, y la escarcha hizo su aparición. Los ojos de Malcolm se abrieron de más. Dentro de él, la fuerza de su propio poder se vio disminuida y, al cabo de unos pocos segundos, soltó al otro, dio dos pasos atrás y, con ojos pasmados, lo contempló. —¡Qué es lo que tu…! —No voy a hacer lo que te dé la gana, padre, tenlo presente —decretó Luke alto y con firmeza. Se dio media vuelta y, pasando al lado de su hermana, llegó hacia la puerta. —¡No puedes hacer lo que quieras, Luke! ¡Eres un Veneto! ¡Eres un Patrizio! —aulló Malcolm, prendido en cólera. Luke, sin embargo, lo ignoró: abrió la puerta y abandonó el lugar. Denisse miró su espalda, derecha y firme, su postura nada arrepentida, y temió. De nuevo, su hermano rechazaba los designios de su padre, pero ella sabía que esta vez sería diferente; esta vez, el hombre que ahora regresaba a su escritorio y se dejaba caer en su silla, lanzando improperios en el desusado latín antiguo, tenía motivos reales para hacer lo que hacía, exigir lo que exigía. Eso pensaba ella a pesar de no saber nada con certeza, lo intuía con base a los sucesos recientes. Se paró derecha, con la vista en su padre, y aseguró firme y atenta: —Padre, voy a procurar que se haga tu voluntad, por el bien de nuestra familia. • • • —Dérive: Idea de que, aunque vayamos a la deriva, acabaremos de nuevo en el camino impuesto por las circunstancias que nos rodean.